MALVINAS

Guerra en el Atlántico Sur

Fearless

Alberto N. Manfredi (h)

 

INDICE

Prólogo

 

Franceses, ingleses, españoles y argentinos

9

Presencia argentina en los mares del sur

18

La lenta marcha de las negociaciones

25

El ascenso de Galtieri

34

El incidente de las Georgias

42

La invasión argentina

52

La invasión argentina (2ª Parte). Ataque a las Georgias

75

La batalla diplomática

82

La mediación de Haig

104

Misiones de rastreo en alta mar

115

Aprestos finales para la guerra

138

La batalla de las Georgias

168

Ultimas gestiones diplomáticas. EE.UU. se quita la máscara

182

1 de mayo. Comienza la lucha en Malvinas

186

1 de mayo. Continúa la batalla

194

Lucha en el aire, maniobras en el mar

205

La mediación peruana

219

El hundimiento del “General Belgrano”

222

El ataque al Aviso “Sobral”

235

El hundimiento del “Sheffield”

241

La diplomacia vuelve a fracasar

258

Continúan las acciones

266

La odisea del “Isla de los Estados”

275

La guerra submarina argentina. La epopeya del “San Luis”

283

El combate aeronaval del 12 de mayo. El fin del “Glasgow”

294

Ataque comando en la Isla Borbón

300

Acciones de guerra en el Estrecho de San Carlos

303

La lucha en el continente

309

El Día “D”. El desembarco en San Carlos

330

La batalla de San Carlos

345

El hundimiento del HMS “Ardent”

355

Nuevo ataque al HMS “Argonaut”

 366

Pucarás en acción

370

La lucha continúa

374

El hundimiento del HMS “Antelope”

387

El Sendero de las Bombas

397

La victoria argentina del 25 de mayo

407

Las últimas acciones de la batalla de San Carlos

428

Darwin y Prado del Ganso, la gran batalla

436

La captura del Monte Kent

482

Misiones de rescate en la Isla Borbón

486

Ataque al “Invencible”

493

El fracaso de las misiones Black Buck

499

La Compañía de Comandos 601. Primeras acciones

506

Bajo fuego en Puerto Howard

536

A través de los cerros

543

Infiltrados tras las líneas enemigas

555

La Compañía de Comandos 602 entra en escena

562

El combate de Top Malo House

577

Escaramuzas en territorio enemigo

587

Expedición al Monte Wall

593

El puente del río Murrel

598

La muerte del “Perro” Cisneros

603

Otro británico capturado

613

Un puente demasiado cerca

620

Bahía Agradable. El desastre de Bluff Cove

625

Ataque al petrolero norteamericano “Hércules”

641

Los kelpers bajo el dominio argentino

645

Operación “Gibraltar”

652

Guerra en las altas cumbres

663

La visita del Papa

681

La destrucción del “Glamorgan”

685

El Alto Mando británico en apuros

695

Sacrificio heroico

703

Guerra en las altas cumbres (2ª Parte)

710

La hazaña del soldado Poltronieri

730

Las últimas acciones de la Fuerza Aérea Argentina

745

Sapper Hill

750

Bombas sobre Puerto Argentino

755

Capitulación

760

Final en las Sándwich del Sur

773

Epílogo

776

Palabras finales

797

Bibliografía

798

 

 

ANEXOS

 

La ayuda exterior

818

La conexión libia

826

Diálogo entre Galtieri y Reagan el 1 de abril de 1982

828

Diálogo entre Belaúnde Terry y Galtieri el 1 de mayo

829

La política de agresión argentina en el continente

846

Misil Exocet

849

Avión Pucará IA-58

856

Cañón SOFMA de 155 mm

862

Avión Short Skyvan de la PNA

869

La Aviación de ejército en Malvinas

873

El Escuadrón Alacrán. La Gendarmería Argentina en Malvinas

878

Misil argentino Martín Pescador

885

Ametralladoras pesadas del Ejército Argentino

888

Carta del autor a Hugh Bicheno y su respuesta

890

 

 

 

 

PROLOGO

 

-¡¡Hijo!! –gritó mi padre agitado mientras subía las escaleras de mi habitación a todo correr, la mañana del 2 de abril de 1982.
Eran alrededor de las 09.00 y yo dormía. Ese día comenzaban mis vacaciones.
-¡¿Qué pasa?! – pregunté sobresaltado.
-¡La Argentina invadió las Malvinas! – fue la respuesta.
Quedé atónito; no lo podía creer. Confieso que en un primer momento pensé otra cosa: “¡La Argentina invadió…! Me hizo suponer que se trataba de Chile ya que no hacía mucho, entre 1978 y 1979 habíamos estado a punto de hacerlo. Pero no. La cosa era mucho más grave pues nos metíamos con un grande, el Reino Unido, una potencia de la OTAN.
Bajamos corriendo hasta la televisión y los informes incluían también las Georgias y Sándwich del Sur. Recuerdo a las mucamas escuchando atónitas desde la puerta de la cocina.
-¿Las Georgias y las Sándwich también? – pregunté.
-¡Todo! – contestó papá - ¡Están completamente locos!
Yo a esa altura estaba eufórico; mi padre no. Recuerdo que me cambié, tomé apresuradamente el café que me alcanzó una de las mucamas y me fui al epicentro de San Isidro, donde me dejó papá con el auto antes de seguir viaje hacia el centro. Allí, frente al mástil que se alza en la intersección de Belgrano, 9 de Julio y Acassuso había reunida una pequeña multitud con la que cantamos el Himno Nacional bajo la gran bandera que allí flameaba; también lanzamos vivas a la Patria.
Al medio día llegó mi madre, que por entonces era directora de una escuela estatal en San Fernando y preocupada comentó que se había celebrado un acto a raíz del suceso.
-Es una barbaridad que festejemos el estallido de una guerra – dijo. Tenía miedo;
yo no la escuché. Llamé por teléfono a mi primo que estaba bajo bandera y también lo encontré eufórico. Días después nos ofrecimos como voluntarios para ir al frente.
Después hablé con mi novia (hoy mi esposa) que estaba realmente espantada. Fueron, junto con mi padre, las únicas personas de mi entorno que desde el comienzo estuvieron en contra de la guerra. Estaba realmente espantada, como dije y la inquietaba la situación de desborde que se vivía en el país.
Por la tarde corrí al centro de Buenos Aires, abordando un tren repleto de gente eufórica que cantaba y golpeaba todo lo que podía. Estuve en Plaza de Mayo, escenario de tantos hechos de nuestra historia; escuché el discurso de Galtieri que rodeado de militares y funcionarios civiles hablaba desde los balcones por los que tantas veces se habían asomado Perón y Evita para ser aclamados por la multitud. Mientras él hablaba, nosotros gritábamos, saltábamos, cantábamos y amenazábamos a todo el planeta, recordando las gestas de 1806 y 1807 cuando derrotamos en las calles de Buenos Aires al mismo enemigo con el que ahora nos enfrentábamos; rememoramos la Vuelta de Obligado, el Paso del Tonelero, San Lorenzo, Angostura del Quebracho y todas las acciones de 1845 contra las fuerzas anglofrancesas, al tiempo que lanzábamos gruesos epítetos contra Margaret Thatcher, la reina Isabel y Lady Di, los más obscenos, por cierto. A la par, se quemaron banderas británicas y norteamericanas y después salimos en manifestación por toda la ciudad. Recuerdo también a un aterrado turista alemán que debió buscar refugio en el interior de un edificio porque la multitud creía que era inglés y pretendía agredirlo.
Llegaron después los días más intensos de la historia argentina; mucho más que los de Perón, la guerrilla y el terrorismo; más incluso que los del movimiento armado que derrocó al líder justicialista desencadenando una breve aunque cruenta guerra civil en la que nuestra capital sufrió un terrible bombardeo aéreo. Nada podría compararse a ello, ni la guerrilla marxista y el terrorismo que ensangrentaron a nuestra tierra en la década del setenta, ni el regreso de Perón, ni los faraónicos funerales de Evita, ni las revoluciones, ni los golpes de estado. De un momento a otro pasamos al primer plano internacional, como Cuba en los sesenta, desplazando a Centroamérica, Medio Oriente y el sudeste asiático.
Y llegaron los días de guerra, con los bombardeos, el hundimiento del “General Belgrano”, la ayuda norteamericana, los combates aéreos, los buques hundidos, el desembarco en San Carlos, las batallas en la turba helada y las altas cumbres, la visita del Papa y las versiones contradictorias. Y después la derrota, la humillación, la caída del Proceso de Reorganización Nacional y todas las sandeces que se hablaron. Y con ello surgió el derrotismo estéril, la pusilanimidad del pueblo y una democracia que nos iba a salvar del hambre, la corrupción, el desempleo, la delincuencia y el cierre de fábricas.
Durante muchos años me negué a abordar el tema; me daba miedo y vergüenza pues temía por lo que se estuviera diciendo de nosotros. Sin embargo, un día vi algo que me llamó poderosamente la atención. Se trataba de una caricatura del dibujante Rigby publicada por el periódico “The New York Post”, en la que se veía a una Margaret Thatcher de forzada sonrisa, sentada sobre el viejo león británico, portando en su diestra el tridente de Poseidón, dios griego de los mares y en su siniestra, un escudo con los colores de la Union Jack.
El león presentaba graves heridas, entre ellas un ojo morado, una pata rota, enyesada, le faltaban varios dientes y presentaba varios vendajes, uno en el rostro, otro en el lomo y otro en la cola.
El escudo que portaba la Thatcher estaba acribillado a balazos, lo mismo el cartel que decía “Rule Britannia”, sobre el que descansaba el majestuoso pero maltrecho animal. Detrás de ellos se hundía un buque inglés y sobre el agua flotaban restos de naufragios y varios salvavidas, en uno de los cuales se leía “Sheffield” y más atrás, banderas blancas y cruces clavadas en las islas.
La caricatura reflejaba la costosa victoria británica en el Atlántico Sur.
Poco después me prestaron un video británico que elogiaba el desempeño de las fuerzas argentinas, especialmente las de aviación y luego compré el primer libro (también inglés) y después otro y luego otro, y vi que el enemigo no solo no nos menospreciaba sino que, incluso, nos elogiaba y hasta hablaba con respeto.
Me pregunté entonces que fue lo que había ocurrido y con apasionamiento, me puse a investigar. Y a medida que lo fui haciendo fui descubriendo y corroborando cosas realmente increíbles, como el apoyo norteamericano a Gran Bretaña, el boicot internacional a nuestro país mientras este combatía en desiguales proporciones, el arrojo y decisión de nuestros combatientes y la cobarde actitud de Chile, de apoyar a un enemigo muy superior en fuerzas y pegar por la espalda mientras se lo combate. Y a medida que avanzaba en mi investigación, me fue invadiendo una extraña sensación de orgullo.
Por esa sucesión de hechos surgió este libro que pretende ser riguroso y objetivo, sacando a relucir lo que derrotistas y resentidos intentan no ver, algo realmente difícil. Espero haber logrado el objetivo.


 Alberto N. Manfredi (h)
 San Isidro, 14 de julio de 1992

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